Que no nos pase nunca lo de Haití

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¿Qué hizo el país más miserable de América para sufrir semejante castigo de la madre tierra como el que está sufriendo? Es inexplicable. Nadie lo puede entender, menos sus aterrorizados habitantes que no duermen desde el atardecer del pasado martes por las réplicas del peor terremoto de los últimos 250 años en la región.

La gravedad de la catástrofe es enorme por la precariedad de este país, al que Bolivia ha visto desde hace muchos años como su espejo. En realidad, para muchos bolivianos ha sido un consuelo casi siempre saber que al menos existe un Haití que es más pobre que nuestra nación. Apenas estamos un peldaño más arribita que ellos y compartimos realidades casi idénticas, a pesar de nuestras diferencias culturales.

Haití es la nación más pobre de América. Su per cápita anual es de sólo $us 600 y su PIB ha caído de $us 14.000 millones a la mitad de ese monto en los últimos años por la crisis internacional. Apenas exporta en pequeños volúmenes algunos productos agrícolas y sufre por la deforestación de su territorio. Su capital, Puerto Príncipe, tiene 2 millones de habitantes. Un gran número de ellos llegó obligado a la ciudad por las pésimas condiciones de vida en el campo. Se instalaron allí como pudieron, en una urbe que no sabe qué significa la palabra planificar.

El 70% de su población sobrevive en la extrema pobreza. Muchos no tienen un salario estable y reciben menos de dos dólares por día. Puerto Príncipe tiene pocos hospitales y gran parte de sus construcciones habitacionales son precarias. Pese a haber sido el primer país de América en independizarse de las colonias francesas y en abolir la esclavitud, ha sido incapaz de liberarse de los tiranos y los políticos corruptos que se enriquecieron a costa de la mayoría de la población.

A esta prolongada inestabilidad política a lo largo de su historia se suma su inestabilidad geológica y la que provocan los males de la naturaleza. Haití ha sufrido antes otros sismos y desastres naturales (sobre todo huracanes) con enorme número de víctimas. Pese a tanta devastación, la nación sobrevive con la ayuda extranjera, que varias veces deriva en intervencionismo.

Sin duda alguna que nos parecemos mucho a este Estado casi fallido. Por eso, impactados aún como estamos por la gravísima tragedia que enluta a Haití, a lo poco que podemos atinar es a pedir a Dios alivio para los haitianos y que nunca nos suceda aquí algo parecido, pues la pobreza siempre agrava los efectos de un desastre natural.

Haití no tiene en estos momentos un aeropuerto operable, por la inestabilidad de su construcción y por el impacto de este poderoso sismo. Sus dos o tres hospitales y sus escasos médicos no abastecen para atender a tantas víctimas de esta horrorosa catástrofe. Sus redes de servicios están colapsadas. No hay energía eléctrica, agua potable, ni telefonía. Los heridos se mueren en las puertas de los nosocomios. El rescate se hace como se puede, sin los equipos ni la maquinaria adecuada que aún no puede llegar desde el exterior.  ¿Acaso los bolivianos no tenemos una realidad similar a la de Haití?

Como en esta nación centroamericana, en Bolivia también hay ciudades caóticas, con una población que se instala como puede en las urbes. Muchas de nuestras viviendas, sobre todo las de las laderas en el altiplano y las de las villas en los llanos, son construidas con material precario. Nunca se ha preparado un plan de emergencia en el país para atender contingencias naturales, de las que nadie en el planeta está libre. Nuestros hospitales tienen grandes carencias, tantos humanas como materiales. Ni qué decir de la falta de equipos para las labores de rescate para víctimas de inundaciones, sismos u otros fenómenos naturales.

Por eso, la reciente experiencia y el drama de nuestro espejo Haití no sólo debe causarnos horror, sino tambien alentar una reflexión profunda sobre la urgencia de revisar nuestros planes de emergencia y la calidad de vida de la población boliviana. Haití nos golpea y nos devuelve a la realidad, en una Bolivia donde aún se piensa en ideas extravagantes y en lujos innecesarios como la organización del Miss Universo, cuando ni siquiera tenemos unos cuantos helicópteros para socorrer a nuestra gente en caso de un desastre.