Mi última charla con Anamar

Foto: Diario La Razón

Jamás pensé que sería nuestra conversación de despedida. Sucedió nada menos que el Día del Periodista (hace poco más de seis meses), en su bonita vivienda de la céntrica avenida paceña Capitán Ravelo. Ese lunes 10 de mayo la llamé temprano por teléfono desde Santa Cruz para pedirle una corta visita. Sentía la necesidad y obligación de saludarla y desearle que su salud mejore. Unos seis meses antes nos habíamos encontrado en la casa de su hija en la capital cruceña, donde fui a recogerla para una entrevista televisiva en su condición de candidata al Senado. En ese momento estaba como siempre: lúcida y fuerte. Esa misma noche me aconsejó no asistir a la arbitraria citación de un fiscal en mi condición de testigo a un juicio entre dos políticos. Así lo hice. No era la primera vez que cumplía al pie de la letra uno de sus infaltables y valiosos consejos.

Con su cordialidad de siempre, doña Ana María Romero aceptó que la visite, pero no que la entreviste. Debía llegar a su casa a las 15:30 si el vuelo no se demoraba. Pero el avión se retrasó. Ya en La Paz, la contacté por teléfono celular para comentarle el ligero contratiempo y me reiteró que me esperaba para conversar. Estaría en la cita a las 16:30. Corrí a comprarle un ramo de flores en un local del edificio Alameda, en pleno Prado paceño. Luego bajé a una librería cercana al monoblock de la UMSA, donde elegí la última novela de otra gran mujer como ella para que la disfrute. La Isla Bajo el Mar, de la chilena Isabel Allende. Tomé un taxi, y en 10 minutos estuve en su vivienda. Una de las dos chicas que la atendían abrió la puerta. Su esposo me saludó amable y atento. “Me voy a poner celoso”, bromeó, en alusión al ramo de flores que cargué a cuestas para Anamar. Ella me esperaba al ingreso de su living, en la planta alta de su vivienda. Subí las gradas y la encontré. Estaba muy delgada y frágil, pero con su espíritu inquebrantable. Me agradeció el gesto de las flores y me dijo que leería el libro de Allende. Me invitó al sofá, pidió que le pongan música clásica de fondo y me ofreció un capuchino que haría traer de un conocido café de la ciudad. Doña Anita era ese día la mujer serena de siempre.

Me contó detalles de su enfermedad. Me dijo que tenía unos tubos puestos y que su situación era delicada. Atribuía el inicio de su mal a una mezcla del estrés de la campaña electoral y a descuidos alimenticios. Algunos de ellos se dieron en las madrugadas, cuando comía junto al presidente Morales unas “poderosas sopas” en Palacio. Pese a los problemas en su salud, confiaba volver al Senado para trabajar por el país. Me dijo que su idea era ya no volver a la presidencia, sino integrar una comisión parlamentaria para integrarse progresivamente a la labor legislativa. Le interesaba trabajar sobre todo en el área de educación.

De a poco entramos a los espinosos temas políticos en la conversación. Me refirió algunas de sus dificultades en la campaña del MAS y ciertos roces que había tenido los primeros días de su gestión en el Senado, por no tener una conducta orgánica con el partido del Presidente. Estaba molesta con algunos de sus colegas parlamentarios, que habían impedido ciertos consensos que ella intentaba construir con los asambleístas, incluyendo a los de la oposición. Le incomodaban también algunas maniobras que terminaron sacando a dos o tres de sus colaboradores. Pese a todo, su confianza en el primer mandatario se mantenía hasta esos días. Pero, no ocultaba cierta decepción con otros influyentes colaboradores del jefe de Estado. Perfiló a cada uno de ellos y a los principales personajes de la oposición. Me habló de Juan del Granado, de Luis Revilla y de otros políticos cruceños. Conversamos también de periodismo. Aproveché para felicitarla por nuestro día y le comenté que esa noche la Asociación de Periodistas de La Paz me honraría con el premio Huáscar Cajías. Anamar había antes recibido los mayores galardones instaurados por esa misma fecha. Me comentó que la medalla que me entregaría la Asociación fue creada por la demanda de los periodistas más jóvenes de distinguir a algunos profesionales emergentes. También hablamos de la polémica generada por la designación de Humberto Vacaflor como Premio Nacional de Periodismo 2010, que luego se dejó en suspenso.

Como presagiando que ésa sería nuestra conversación de despedida, doña Anita alargó la charla con mucho entusiasmo en la mesa de su sala, hasta pasadas las 18:30. Le insistí que no publicaría nada de tantas confidencias que me había hecho de su última incursión en política, pero que esperaba tener más adelante una entrevista oficial con ella. Me prometió intentarlo cuando se recupere, pero dijo que estaba segura que la conversación en su casa me serviría mucho como contexto de análisis, algo que extrañaba mucho en el periodismo boliviano. “Se ha perdido el periodismo de interpretación y de análisis. La agenda de los diarios dan prioridad a los enfoques livianos, ligeros”, remarcó. Tuvimos que cortar el diálogo, porque se acercaba la hora del acto de premiación de periodistas en el edificio de la Asociación de La Paz. Se levantó y me despidió con su sonrisa de siempre. Fue la última vez que la vi y que hablamos.

Estando este martes 26 de octubre en Lima, esperando un vuelo de retorno a Santa Cruz, un colega me dio la lamentable noticia de su partida: Se fue Anamar. Valiosa mujer boliviana, notable periodista, generosa consejera de las nuevas generaciones de comunicadores que extrañarán sus iniciativas para mejorar esta noble profesión. (Por razones obvias, no he querido detallar todos los alcances de nuestra conversación, pero vale la pena que se conozcan algunos temas que la tenían preocupada para que se los tomen en cuenta ahora que ya no está físicamente con nosotros).

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