El malestar bolichero

Carictura El Deber
Caricatura publicada en diario El Deber

El viernes pasado fui uno de los que debí abandonar uno de los boliches de Equipetrol poco antes de la 1 y 30, porque en la puerta nos apuraban varios gendarmes, un par de fiscales, algunas motos con policías y el propio oficial de Defensa del Consumidor.

Algunos de los pocos jóvenes que bolicheaban en el pub Varadero, donde apenas pude disfrutar de un par de canciones en vivo de un trío de música pop y rock, se fueron lanzando protestas contra los gendarmes, a quienes emplazaron a aplicar el mismo rigor en el control de los bingos y en la entrada folckórica de los residentes paceños. La respuesta de “Choquito”  Canudas no se dejó esperar: “a estos cojudos les gusta embriagarse”, me dijo, cuando charlábamos en plena avenida San Martín.

El mismo Canudas me confesaba que estaba en apuros al haber aceptado el puesto de Gary Prado en un momento tan complicado. Todo ese viernes apenas había comido un sandwich y se encontraba con una camisa manga corta que no le ayudaba a soportar la fresca noche invernal.

Me encontraba a las 23 y 30 en una interesante tertulia en un café de la Monseñor Rivero cuando un amigo mío llamó a Jorge Ponstons, propietario de Varadero, quien nos invitó a verificar directamente en su local “el desastre que había provocado” la campaña contra la gripe A.

Y allí estuvimos para constatar la evidente caída de la clientela, no sólo de su boliche, sino de todos los que funcionan en Equipetrol. La zona estaba literalmente muerta, para beneplácito de los vecinos que protestan contra la vida nocturna en el barrio y para tranquilidad de las esposas que odian los viernes de soltero de sus maridos.

Dentro de Varadero todo el personal tenía barbijo y el alcohol en gel existía en abundancia en los sanitarios. Ni qué decir de la clientela. Apenas dos o tres mesas llenas y totalmente dispersas. Es decir, casi nada que pudiera hacer temer una arremetida en ese lugar de la gripe A. Por lo tanto, razones técnicas para cerrar ese boliche no habían.

Todo esto le daba la razón a Ponstons, un hombre que brega hace muchos años por mantener vigente su negocio, en el que deben trabajar unas 10 a 15 personas. Por lo que sé, desde que Pontons administra Varadero, no se conoció nunca de un escándalo en ese sitio, lo que hace que el cliente lo busque por ser un local seguro y muy acogedor.

Eso hace que su protesta pueda ser justificada, ya que las recientes restricciones han afectado notablemente sus ingresos.

Para constatar de que el control municipal era riguroso y equitativo, decidí ampliar mi ronda nocturna y pasé por las puertas de los principales bingos de la ciudad, que alrededor de las 2 de la madrugada estaban abarrotados de gente y sin ningún gendarme en la puerta. Lo mismo pasaba con una discoteca y un kararoke de la zona del Zoológico, en tanto que el panorama en los pubs de la misma zona era a esa hora desolador. Allí sí había llegado el control de los gendarmes.

No se entiende hasta ahora el criterio utilizado por las autoridades para poner como límite la 1 de la madrugada la atención de los locales de diversión nocturna. Tampoco nadie pudo dar una explicación convicente de los argumentos que llevaron a levantar otras restricciones el pasado viernes, como la de las actividades masivas al aire libre o el ingreso a los cines.

En realidad, la medida de prohibir las llamadas “actividades prescindibles” nació coja, no porque no ayude a frenar la pandemia, sino por su ambiguedad y, sobre todo, por la inequidad, por no decir selectividad, en su aplicación. Eso es lo que en el fondo genera protestas comprensibles.

Nadie presentó hasta ahora un balance coherente del impacto de la medida sanitaria. Lo único verificable es que en los últimos siete días la economía del sector de la diversión se vino abajo, en pleno periodo de crisis.

Lo cierto es que por ahora la sensación que queda es que una vez más la actividad formal (osea la que tributa y cumple las normas) volvió a ser castigada más que la informal y clandestina. Los micros, los mercados y varias oficinas públicas siguen repletas de gente sin barbijo y nadie puede hacer que se cumplan las mínimas medidas de prevención. Ni qué decir de las casas de juego, que no sólo han proliferado como hongos, sino que parecen ser intocables por el poder que parecen tener.

Si el argumento para limitar el horario de atención en los locales de diversión nocturna no es técnico, no podrán evitarse las sospechas de que más que razones de interés público los que parececen prevalecer son otros intereses. Eso se sentirá así mientras las disposiciones sean desacatadas por algunos y se apliquen con rigor a otros. Aquí si que es más pertinente que nunca el viejo adagio de que “cuando la ley es pareja nadie se queja”.

Nadie desconoce la importancia de limitar el horario de atención en los boliches, pero ante todo por normas de convivencia urbana y no por caprichos insostenibles desde el punto de vista técnico. También es recomendable que, si no hay un buen soporte logístico y seguimiento de las disposiciones, cualquier campaña está destinada al fracaso.

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