La Iglesia patea el tablero en Honduras

Foto: www.elheraldo.hn
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La crisis política que vive Honduras desde antes y después del golpe de Estado del pasado domingo se complica cada día que pasa. Es previsible que la comunidad internacional endurezca sus sanciones y agrave el aislamiento de la modesta nación centroamericana hasta lograr que se restablezca el orden constitucional, roto por una acción militar, que es respaldada por las instituciones establecidas en ese país. Sin embargo, aunque es inminente la multiplicación de represalias contra el gobierno de facto de Micheletti, no se espera una salida inmediata a la ingobernabilidad de esa nación.

La última acción que complica el panorama es la intervención de la OEA en el problema, sin ningún resultado. Pero más complejo aún es el resultado del inédito pronunciamiento de la siempre poderosa e influyente Iglesia Católica en Honduras. Los jerarcas religiosos prácticamente le han dado un espaldarazo momentáneo a la salida que han encontrado el domingo pasado en Tegucigalpa las instituciones que aún siguen vigentes tras el golpe.

No hay dudas de que la posición del clero es altamente sorprendente y sin precedentes. Lo es porque mete el dedo en la llaga a la OEA, cuando cuestiona de forma directa su rol en este conflicto.  La Iglesia critica las medidas de la entidad dirigida por el chileno José Miguel Insulza, al considerar que son “unilaterales” y que se parecen más a las de un tribunal judicial, ayudando más bien a ahondar la pobreza de un país altamente polarizado.

Los jerarcas católicos han planteado también una crítica clave a la OEA. Creen que este organismo pone demasiada atención al respaldo a la “democracia en las urnas”, pero no realiza ningún seguimiento a posibles excesos de malos gobiernos que están en el poder por mandato del voto. Es decir, no entiende, no analiza, ni sigue los problemas o las causas reales que pueden haber originado una acción extrema e ilegal como fue el golpe de Estado. Por tanto, la OEA no aporta en la prevención de esos hechos condenables, sino que sólo reacciona, según interpretación de los obispos.

La Iglesia no justifica en su pronunciamiento la ilegalidad del golpe. Sin embargo, respalda llamativamente la salida institucional que se dio en Honduras el domingo pasado en el Parlamento, que terminó eligiendo a Micheletti.

También condena el hecho que la OEA no se haya pronunciado sobre las amenazas bélicas hechas posteriormente al golpe contra Honduras, en lo que parece ser una alusión indirecta a las advertencias de incursión armada hechas por el venezolano Hugo Chávez.

En otra parte de su comunicado, la Iglesia llama casi dramáticamente a Manuel Zelaya a evitar con su regreso al país un posible derramamiento de sangre por la extrema polarización. En realidad, casi que la Iglesia se juega por el nuevo estado de cosas en Honduras, lo que podría ser juzgado como una parcialización, en este caso con los intereses golpistas de un gobierno calificado de derecha.

Pero no es recomendable terminar juzgando a la Iglesia de esa forma por este pronunciamiento. Habrá que leer más en profundidad los alcances de su inédito pronunciamiento y los efectos que puede provocar no sólo en los niveles internos de esta importante institución mundial con sede en El Vaticano, sino también en las conductas de otros cardenales latinoamericanos, en la resolución de la propia crisis hondureña, en la credibilidad de la OEA y en el alcance de una relación cada vez más conflictiva entre los gobiernos de la línea chavista con los jerarcas católicos.

Es posible que la posición del clero hondureño encuentre rechazo en los propios sectores internos eclesiásticos. También puede reforzar una antigua idea de que la Iglesia, en vez de consolidar su viejo precepto de la opción preferencial por los pobres, se ha inclinado algunas veces por reforzar el status quo de la derecha o por defender los intereses de los poderosos.

Sin embargo, lo que no se puede negar es que el pronunciamiento apunta a evitar un innecesario derramamiento de sangre en Honduras, a contener la injerencia externa en la crisis política de ese país y a hacer entender a la comunidad interncional la nueva realidad que se vive desde el domingo pasado, antes que a aplicar sin razonamiento alguno medidas unilaterales duras que no sólo afectarán a un gobierno de facto sino, sobre todo, al conjunto de una población muy pobre.

La Iglesia ha sido también clara en señalar que en Honduras no hubo hasta ahora un solo muerto, pese al golpe de Estado y la profunda polarización política de la nación. Y hay que creerle, pues, pese a las críticas que puede recibir el clero, goza de una enorme credibilidad en la región.

Por último, hay nomás razones suficientes para intentar entender y escuchar el llamado y la posición de la institución católica, al margen del riesgo que está asumiendo en Honduras al jugarse por el reconocimiento de las instituciones vigentes después del golpe de Estado. Por lo que se ve, el rol de la Iglesia católica en realidades políticas complejas como la boliviana, la venezolana y ahora la hondureña es cada vez más trascendente. Habrá que esperar lo que pase en Tegucigalpa, por la semejanza de la problemática que tiene ese país con la de naciones polarizadas como Bolivia y Venezuela.

También habrá que esperar qué dice nuestro apreciado cardenal Julio Terrazas sobre el último pronunciamiento de su colega hondureño para saber si comparte o no sus argumentos.

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